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Ponga su alma en su mano y camine (Put Your Soul on Your Hand and Walk): El último testimonio de Fatima Hassouna desde Gaza

jupiternim 2025. 11. 12. 00:36


Duración: 113 minutos

Directora: Sepideh Farsi

Guion: Sepideh Farsi

Reparto: Sepideh Farsi, Fatima Hassouna


La película documental Ponga su alma en su mano y camine, dirigida por la cineasta iraní Sepideh Farsi, emerge como una obra profundamente conmovedora y necesaria en el panorama del cine contemporáneo. La directora, exiliada en París, convierte la distancia física en un puente emocional que la conecta con Fatima Hassouna, una joven fotoperiodista palestina que vive en medio de la devastación de Gaza.

A través de videollamadas interrumpidas por la precariedad de la conexión y el ruido lejano de las bombas, Farsi logra construir un retrato íntimo, sensible y profundamente humano de una mujer que decide seguir documentando su entorno cuando todo lo que la rodea parece desmoronarse.

El proyecto surge de la imposibilidad de acceder al territorio bloqueado. Desde Egipto, Farsi comprende que su mirada extranjera jamás podría captar la esencia de lo que ocurre en Gaza como la de alguien que respira ese mismo aire lleno de polvo y miedo. De esa convicción nace la colaboración con Hassouna, quien, con una cámara en la mano y una voz serena, ofrece su testimonio más allá de las ruinas.

El título, “Ponga su alma en su mano y camine”, encierra una invitación a la resistencia interior, a la fe silenciosa en la vida incluso frente al horror. Cada fragmento del documental vibra con esa dualidad entre la fragilidad y la fuerza, entre la pérdida y la necesidad de continuar mirando.

El espectador es introducido a un espacio cotidiano: una vivienda pequeña, un refugio donde la familia de Fatima comparte el miedo y la esperanza. No hay artificio, no hay distancia entre la cámara y la verdad. Las imágenes de los niños jugando entre los escombros o los momentos de calma entre los cortes eléctricos nos recuerdan la humanidad que la guerra intenta borrar.


Sepideh Farsi, con un lenguaje cinematográfico sobrio y una sensibilidad contenida, evita caer en el sensacionalismo. En su lugar, teje un diálogo constante con Hassouna, en el que se mezclan las risas tímidas, las confidencias, las lágrimas y los silencios. Esos silencios hablan tanto como las palabras: son pausas donde la vida y la muerte parecen rozarse.

Conforme avanza la narración, la tensión se intensifica. Las noticias de nuevos bombardeos llegan con la misma regularidad que las interrupciones de internet. Sin embargo, Fatima continúa registrando lo que ve, consciente de que su trabajo es una forma de resistencia. Cada fotografía que toma se convierte en una huella de existencia, una declaración contra la invisibilidad.

Hay una secuencia particularmente sobrecogedora en la que Fatima describe cómo perdió a varios amigos y parientes. Lo hace con serenidad, sin dramatismo. Esa calma amplifica el impacto emocional. No busca conmover con lágrimas, sino con verdad. Y esa verdad penetra como un eco silencioso que permanece en la memoria del espectador mucho después de terminada la proyección.

El estilo visual de Farsi combina la crudeza de la videollamada con imágenes de archivo y planos filmados en Egipto. La textura granulada de la imagen refuerza la sensación de inmediatez y vulnerabilidad. La directora no pretende ocultar las imperfecciones técnicas; las asume como parte del lenguaje del relato. Cada interferencia en la señal o cada pausa en la transmisión se transforma en una metáfora del aislamiento y la censura que padece Gaza.

La música, compuesta por Cinna Peyghamy, actúa con discreción. Sus notas minimalistas acompañan los momentos de contemplación y otorgan una atmósfera poética a las imágenes. No hay grandilocuencia, sino una elegancia triste que acompaña las voces femeninas.

La tragedia adquiere un tono devastador cuando, el 16 de abril de 2025, un día después de que la película fuera seleccionada para el Festival de Cannes, Fatima Hassouna muere junto a nueve miembros de su familia en un ataque aéreo israelí. El impacto de esta noticia convierte el documental en un testimonio póstumo, en una carta audiovisual que trasciende la vida y se transforma en memoria colectiva.


En el estreno en Cannes, las lágrimas del público se mezclaron con un silencio reverente. La presidenta del jurado, Juliette Binoche, dedicó unas palabras a Fatima: “Ella debería estar aquí con nosotros esta noche. El arte permanece. Es testimonio de nuestras vidas y nuestros sueños.” Esa frase resume la esencia de la obra: el cine como refugio, como acto de resistencia, como trazo de humanidad en medio del horror.

El documental no solo registra la destrucción física de Gaza, sino también la dignidad de quienes resisten. No se limita a mostrar el sufrimiento; revela la capacidad de seguir creando belleza en medio del caos. Farsi logra que el espectador sienta que la cámara no es un simple instrumento, sino una extensión del alma de ambas mujeres.

Desde un punto de vista cinematográfico, la estructura narrativa es orgánica. No hay un guion cerrado ni una progresión convencional. El relato se construye a partir de fragmentos, como un mosaico de conversaciones, imágenes borrosas y sonidos de fondo. Esa fragmentación otorga autenticidad y refleja el desorden cotidiano de la guerra.

El trabajo de edición, realizado por Farahnaz Sharifi, es delicado y preciso. Cada corte parece obedecer al ritmo emocional de las protagonistas. La ausencia de continuidad visual refuerza la sensación de una historia viva, en constante cambio, que se resiste a ser clausurada.

La mirada de Fatima se convierte en el núcleo visual del documental. Sus fotografías, proyectadas durante la película, poseen una fuerza que trasciende el fotoperiodismo. Son retratos del dolor, pero también de la esperanza. En los ojos de los niños, en las calles destruidas, en los pequeños gestos cotidianos, se adivina una luz que ninguna bomba puede apagar.

La obra invita al espectador a reflexionar sobre la función del arte en tiempos de guerra. ¿Puede la imagen salvar del olvido? ¿Puede un encuadre detener la destrucción? Farsi no ofrece respuestas, pero deja abiertas esas preguntas, como heridas que el tiempo no cierra.

A lo largo del metraje, se percibe la profunda conexión entre las dos mujeres. Aunque separadas por fronteras y contextos distintos, ambas comparten la misma necesidad de testimoniar. Su complicidad se siente en cada risa compartida, en cada gesto de ternura, en cada despedida interrumpida por la mala señal.

El desenlace, inevitablemente trágico, no se muestra. Farsi elige la elipsis. La última conversación entre ambas termina con una promesa: Fatima entregará su pasaporte para poder asistir al estreno. Esa escena, vista después de conocer su muerte, adquiere una dimensión casi mística. La esperanza se convierte en epitafio, y la imagen en reliquia.

En términos artísticos, Ponga su alma en su mano y camine puede leerse como un homenaje a todas las voces silenciadas. La directora iraní transforma la impotencia en creación, el dolor en acto poético. Su película no pretende hablar por los palestinos, sino con ellos. Esa diferencia ética marca la grandeza de su propuesta.


El impacto del documental va más allá del cine. Durante el festival, más de 350 figuras del mundo cultural firmaron una carta abierta condenando la pasividad de la industria ante la tragedia en Gaza. Nombres como Richard Gere, Joaquin Phoenix, Guillermo del Toro o Viggo Mortensen expresaron públicamente su indignación. Ese gesto colectivo confirmó que la historia de Fatima había tocado una fibra universal.

La crítica internacional coincidió en resaltar el poder emocional y político del film. Jordan Mintzer, en The Hollywood Reporter, lo describió como “una pieza de evidencia sin filtrar, un testimonio vivo de una tragedia en curso”. Allan Hunter, de Screen International, destacó la entereza de Fatima, su altruismo y su capacidad para conservar la alegría incluso en los días más oscuros.

El público que ha tenido la oportunidad de ver la película no sale indemne. Queda una sensación de vacío, pero también de gratitud. Farsi consigue que el espectador contemple el sufrimiento sin caer en la desesperanza. Lo invita a mirar con empatía, a escuchar el eco de una voz que ya no puede hablar, pero que sigue resonando.

La obra de Farsi se inscribe en una tradición de cine humanista que trasciende las fronteras del documental. Su narrativa se sostiene sobre la honestidad, la compasión y la urgencia de contar lo que no debe olvidarse. No hay heroísmo artificioso, solo la vida tal como es, enfrentada a la brutalidad de la guerra.

Cuando los créditos finales aparecen en pantalla, la sensación es la de haber asistido a una conversación suspendida en el tiempo. Fatima ya no está, pero su mirada permanece. Su cámara, su risa y su fe en la importancia de la imagen sobreviven a la destrucción.

Ponga su alma en su mano y camine no es únicamente una película sobre Gaza; es un testamento sobre la resistencia del espíritu humano, sobre la necesidad de mirar incluso cuando mirar duele. Es un recordatorio de que el arte, cuando nace del compromiso y la ternura, puede transformar la impotencia en memoria y la ausencia en presencia eterna.

En su delicada y valiente realización, Sepideh Farsi nos ofrece algo más que un documental: nos entrega una oración visual, una carta abierta al mundo, una invitación a caminar con el alma en la mano, como símbolo de la esperanza que se niega a morir.